04 agosto 2009

En la Altura (Capítulo I Bolivia)


El largo camino recorrido nos hace crecer y cultivar nuestro espíritu y con cada km una nueva experiencia en donde nos encontramos con nuestro verdadero yo. Nunca dejemos de caminar por la vida, nunca dejemos de admirar lo que hay a nuestro lado porque la belleza esta en nuestras ansias de buscar lo nuevo y desconocido.



La infinitez de estas tierras me hace pequeño, como una ínfima partícularodeada de magnificencia natural. El desierto se ve abrazado por altas montañas que van cambiando de color. Algunas de tonos rojizos, otras mas amarronadas, pero lo trascendental es su grandeza ante mis ojos.A medida que me acerco a estos fenomenos de la naturaleza encuentro paz y placer. Se respira tranquilidad y todo se desarrolla a un ritmo lento, cansino. Los lugareños parecen no inmutarse por el movimiento de extraños que asombrados disfrutan sus tierras.La vida de esta gente parece darse sin sobre saltos, como si el tiempo no existiese. Ajenos a la desesperante e injusta vida en las urbes, aun dispuestos a disfrutar de sus antiguas tradiciones, sin verse afectados por los demandantes cambios del mundo. Su mundo es una armonía entre la naturaleza y las costumbres.Al encontrarme con una realidad tan distante y alejada a la vida en la ciudad no me queda mas que apreciar y reconocer lo hermoso que puede ser vivir de esa manera.A medida que avanzo hacia el norte, ya en Bolivia, encuentro cerros mas altos y áridos que configuran un perfecto contorno geométrico. El paisaje varía entre zonas de tupida vegetacion y otros con poca vida vegetal en donde el cielo parece no proveer alimento a la tierra.El transporte que me traslada a Potosí, también aporta particularidades quizas incomprensibles para los perfectos hombres del cemento. Aquí es la sencillez lo que prima, se suprime la comodidad, reemplazandola con la paciencia, la base de este viaje a partir de este instante.Luego de la odisea en la que me embarque arriba de ese colectivo, en el que tuve que soportar la espera, el frío, la incomodidad y el hambre pude arribar a Potosí. Quizás fue el destino quien me empujo hacia esa vivencia tan novedosa, pero esta me ayudó a comprender que la vida de los hombres del cemento no es la única, no es la perfecta y que conocer estos horizontes ayuda a lograr la templanza, la paciencia, la fortaleza y sobre todo la paz. Estas pruebas que habrá que ir soportando logran abrir lentamente mi mente e ir explorando mi verdadero yo. Un yo que intenta expulsar las ansiedades e intolerancias tipicas del hombre del cemento.La gente que se embarca en estas aventuras, parece despreocupada por las incomodidades que vivirán día a día y cambian el cemento por la desorganizacion e improvisación.Ya en la ciudad de Potosí me encuentro con una antiquisima población, con calles angostas de pequeños adoquines que alguno se esmero en dejar transitable para generaciones venideras. Apenas si puedo respirar en mis primeros metros, pero luego voy recobrando el aliento. A medida que recorro los distintos recovecos puedo observar como es la vida aquí. Arraigados a sus costumbres y su pasado aunque quizas inconcientes de su propio potencial.Los niños y las mujeres trabajando en actividades un tanto forzosas me producen una tristeza tan fuerte como para seguir describiendo con exactitud.Continuando con el camino por la ciudad, visualizo la típica plaza en donde se centraban las actividades mas importantes para la vida del pueblo. A un lado la catedral, al otro el palacio de gobierno y al otro la Casa de la Moneda. Un invento 100% español, resabio de la colonización que dejó poco y quitó mucho.Casi sin darme cuenta, sin previo analisis, me vi caminando por una mina de Potosí. Actividad principal de la ciudad, que deja toneladas de plata, cobre y zinc, pero que también deja nada para la gente del pueblo.El trabajo dentro de la mina es aterrador. Al recorrerla sentí que estaba dandome una puñalada en el corazón por presenciar semejante explotación. Un esforzado grupo de trabajadores sacando los metales de una manera arcaica con pocas herramientas y yo paseando como si fuera un centro comercial.El aire lleno de polvo no me dejó respirar y la escaza luz que había apenas si me dejaba ver un metro mas adelante.Los mineros han trabajado durante siglos, pasando de generación a generación , pero nada ha cambiado. El sometimiento al que se ven afectados es debido a un cruel sistema que no les permite realizar otras labores, cayendo indefectiblemente en la mina, que parece ser la única salvacion y termina siendo una sentencia de muerte.Al salir de allí me sentí avergonzado por presenciar la explotación de cientos de personas, como si fuera un paseo por el parque o por un zoologico. La tristeza me atrapó por un rato pero con la vuelta a la ciudad fuí recobrando el color.
Sucre. Ciudad de color, ciudad del orden y la conservación. Al recorrerla siento transportarme a la época de la colonia. La pulcritud más una excelente organización hacen de esta una ciudad modelo en Bolivia. Realmente, no cuesta imaginar a este poblado en la época del virreinato ya que la mayor parte las construcciones se han mantenido en perfecto estado; como si alguien quisiera que no pasara el tiempo.
El sol asoma con fuerza mientras camino. Durante el recorrido puedo divisar una inmensa cantidad de iglesias que certifican la religiosidad y el apego a las creencias y dogmas del catolicismo. Otra obra de los colonizadores españoles.
No puedo dejar de pensar en la experiencia que estoy viviendo. Mis estados de ánimo son tan variables como el clima boliviano. Sin embargo la admiración y la sorpresa son las sensaciones que más se repiten.
Vuelvo a soñar y casi sin despertar me encuentro en La Paz. Mucha vertiginosidad. La capital del país se encuentra rodeada de enormes montañas que en sus laderas alojan pequeñas y precarias casas construidas con ladrillo a la vista. Así parece que las montañas fueran anaranjadas. En el valle se establece el centro neurálgico del país, en donde se toman las decisiones importantes.
La Paz es un lugar caótico y ruidoso comparado a lo natural que venía siendo esta ruta. Vendedores ambulantes por doquier, hacinamiento, polución y un mar de gente caminando por las angostas calles.
Continuando la recorrida, pude presenciar una manifestación extremadamente pacífica. Un orador llevando la voz y los demás repitiendo a viva voz. ¡Muerte a los traidores! Gritaba con todas sus fuerzas el líder.
Todo continuó con un adrenalínico viaje en bicicleta, por un angosto camino, hacia un pequeño poblado en la selva. La lluvia no impidió la aventura. El hermoso camino plagado de caídas de agua e imponentes riscos me llevó hasta un minúsculo caserío llamado Yolosa. Allí pude apreciar como los pobladores viven con escasos recursos en un clima sub tropical plagado de insectos y enfermedades. Aun así no parecen estar preocupados, son felices, no conocen la vida del hombre del cemento. El no conocer significa no desear.
Al encontrarme allí comprendo otra vez mas que la vida del hombre del cemento no es la única y que quizás los humildes pobladores de un pequeño caserío perdido en la selva se conozcan mas a si mismos y a la naturaleza que nosotros.
A pocos kilómetros de Yolosa, asentada sobre una montaña, se encuentra Coroico. Árboles que se acercan al cielo, plantas que iluminan retinas y el verde más puro que alguna vez vi. Allí pude lograr unas horas de paz, de vuelo, en donde éramos la naturaleza y yo desmenuzándonos poco a poco. Busco recordar la geografía de estos altos picos. Y si, lo logro, como olvidar de esa hermosa pintura.
La vuelta es por un camino de cornisa. No siento miedo. Solo quiero quedarme a continuar con esa magia.
¿Cuál es mi lugar? Esta puede ser una opción, alejado del mundo del cemento.

Luego de la excursión en bicicleta quedé exhausto y me dormí temprano. La mañana siguiente, desperté temprano. Había algo que perturbaba mis sueños pero no pude recordar el motivo.
A esa hora de la mañana no había movimiento. La Paz realmente estaba en paz. Aun así pude observar una larga cola de pacientes esperando para entrar a la clínica, que aun estaba cerrada. Quién sabe cuando atenderían a todas esas personas, que parecían resignadas a esperar lo que sea necesario por una atención.
La policía se alistaba para recorrer las calles de la ciudad. Los vendedores ambulantes acomodaban sus pequeños puestos plagados de alimentos y bebidas.
La plaza central aun despoblada esperaba la llega de miles de trabajadores de oficina que recorren, como todos los días, ese camino.
Me senté en un banco orientado hacia el centro de la plaza. Las palomas esperaban ansiosas la llegada de gente que les provea algo de alimento. Mientras escuchaba un poco de música relajante y sentía las palabras fluir por mi lapicera un niño se acercó a mi sitio. Así fue que logré escribir algunos párrafos antes de la interrupción.
El niño se sentó a mi lado. “¿Escribe una carta?” pregunté con inocencia. “No, solo escribo algunos pensamientos” respondí. El joven, con su pequeña tabla de madera para limpiar zapatos pasó por alto mi respuesta y continuó con sus preguntas.
Parecía interesado en conocer algo de este extranjero en su tierra. Averiguó sobre mi origen, mi próximo destino y el lugar donde me alojaba. Conteste con muchas ganas de entablar una fluida conversación y rápidamente retruque sus preguntas con otras. Era la primera charla, con una persona que conviviera con la realidad de ese lugar y no estuviera viviendo como pasajero. Debido a eso fue que resultó enriquecedor, y mas aun, porque era la visión de un chico de 10 años trabajando de lustrabotas. Sin embargo, la tristeza por su compleja vida no hizo mas que llenarme de preocupación por la imposibilidad de hacer algo por el. Lamentablemente es demasiado simple contar sobre estas vidas cuando uno vive en el confort y la prosperidad, donde uno sabe que cuenta con las necesidades básicas.
Luego de la charla una larga caminata me llevó hasta la terminal de buses en donde me esperaba un colectivo que tenía como destino la balnearia ciudad de Copacabana, situada a orillas del lago Titicaca.
Este pequeño poblado está plagado de artesanos que van a vivir una vida pacífica, lejos del cemento y la urbe. También hay una gran devoción por la virgen que lleva el mismo nombre que el pueblo. Una gran cantidad de autos y colectivos se acercan hasta la iglesia para ser bendecidos por la virgencita.
Recorriendo la costa pude observar mucha suciedad y un importante dejo en las calles y construcciones. Tal vez por ello no me resultó un lugar demasiado pintoresco. Mucha belleza y demasiado potencial inexpoltado. Esto sumado a una importante cantidad de personas caminando por las calles, hicieron que no me sintiera a gusto.
La mañana siguiente a mi llegada, pude caminar hacia una montaña en la que año a año se realiza el vía crucis. Las nubes negras se asomaban por atrás de las montañas que rodean la ciudad amenazando con una fuerte lluvia.
Durante la caminata desee estar en otro lugar, tele transportarme, desaparecer y aparecer en alguna otra ciudad. Quizás mi deseo de estar en Cusco era el que me hacia pensar de esta manera. También sentí la necesidad de compartir con alguna persona todo esa aura que se respiraba en un ambiente de naturaleza virgen. A pesar de ello pude apreciar todo ello con alegría, soñando con volver algún día y observarlo de una manera distinta.
Al subir la montaña pude recorrer desde los cielos el contorno de la ciudad. Allí también se podía admirar la grandeza e infinitez del lago. A lo lejos se podían divisar algunas montañas que parecían fluir de las profundices del agua.
Sentado en la cima de la montaña, arriba de una piedra, pude perpetuar todas estas imágenes en mis retinas. A la vez me encontré pequeño ante tanta grandeza del paisaje que me rodeaba.
Al estar en ese espacio en ese momento, bajo los rayos del sol, en un profundo silencio, logré bucear un poco en mi interior. Indudablemente un perfecto lugar de ensueños. Un momento ideal para volar, para imaginar y no volver por mucho tiempo. Un lugar y un momento para el amor, para el regocijo, para el cultivo del alma, para la purificación del cuerpo. Un lugar y un momento en el que nadie puede perturbar, en el que solo esta la naturaleza mirando cara a cara.
Luego del tiempo de interioridad, partí rumbo a la pequeña isla del sol, tierra de raíces aymará.



El viaje continuó en la Isla del Sol, a donde arribé luego de pasar una hora y media arriba de un barco que nos introdujo en los interiores del Lago Titicaca. Durante ese tiempo pude sentir la grandeza del lago que en calma nos recibía.
Al llegar me encontré con una montañosa tierra que en otros tiempos solo era propiedad de los indígenas. Hoy en día convertida en centro turístico aun conserva sus raíces aunque ha perdido esa virginidad que supo tener a cambio del dinero.
La escalera del inca, ubicada en el puerto al que llegué, parecía un camino interminable. Un perfecto trabajo artesanal realizado en piedra, que debió haber costado la vida de muchos hombres. Durante la subida, me fui encontrando con gente autóctona que con mucha destreza caminaban en la empinada escalinata. A pesar de la invasión turística la gente del lugar parecía no inmutarse. Continuaban movilizando sus mulas y ovejas a través de unas angostas callejuelas empedradas.
Caminando algunos metros más y ya muy cansado llegué a la cima de la isla en donde se podía admirar gran parte del lago. El sol generaba un hermoso reflejo en el lago, construyendo un contraste digno de ser retratado por un pincel. Nuevamente la paz y la serenidad invadieron mi alma. Estar en ese espacio en ese instante me sirvió para reflexionar sobre el mundo en el que vivo y como vivo en ese mundo.
Por la noche me uní a un fogón en el cual, mediante la música, pude encontrarme con una gran cantidad de compatriotas. Allí tomé conciencia del arraigo a la cultura tradicional argentina que tiene la gente del norte y la poca importancia que se le da en las grandes provincias. Indudablemente los norteños, que animaban la reunión, han conservado el amor a esas costumbres, mientras que nosotros hemos asesinado esa identidad.

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